Seguramente una forma acertada de presentar al fotógrafo Enric de Santos (Barcelona, 1948) es decir que hay dos Enric de Santos, muy distintos pero complementarios. Uno, probablemente el más conocido en el ambiente fotográfico de Barcelona, es el profesor y promotor de iniciativas encaminadas a fomentar la fotografía de calidad y la técnica fotográfica analógica —sin desdeñar la digital—, a través de cursos, talleres y seminarios de especialización, o de manuales y revistas. Este primer De Santos es autor de más de treinta libros, cofundador de la revista La Fotografía, promotor de la Primavera Fotográfica e impulsor de ANFA, la Asociación Nacional de Fotografía Analógica.

De Santos inició esta faceta como animador cultural y divulgador de técnica fotográfica en los años ochenta como docente en centros privados y, desde entonces, ha batallado hasta introducir un plan de estudios de cinco años —en el emblemático Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña—, un planteamiento que ha sido acogido también en Túnez y Marruecos donde, de la mano de asociaciones de fotografía oficiales, se van a formar futuros profesionales.

Un rasgo que Enric de Santos comparte con otros fotógrafos españoles dados a conocer entre la década de los cincuenta y la de los noventa es haber llegado a la fotografía a través de otra profesión. La disciplina que dejaron atrás marca profundamente en todos ellos su concepción y práctica fotográficas. De Santos estudió Arquitectura y Física Nuclear. Sí, nada menos. La formación en Física Nuclear fue sufragada por la empresa Enher, para la cual de Santos trabajaba desde muy joven y donde pronto alcanzó una posición relevante que abandonaría para consagrarse a la fotografía. Esta era la herramienta adecuada para recopilar información y construir un archivo de imágenes que diera constancia de la buena ejecución de determinados proyectos. Así fue como tan insólita combinación de disciplinas, arquitectura y física, alimentaron su práctica: su destreza en la comprensión del espacio daba como resultado imágenes más interesantes que las puramente informativas y sus conocimientos de química facilitaban el proceso de elaborar los productos para revelar los negativos y después sacar las copias en el laboratorio. Los aficionados a la fotografía analógica saben que hay una vertiente artesanal en este arte que es también oficio, pues el fotógrafo, como el pintor, puede personalizar al detalle sus herramientas. El empeño de De Santos pretende dotar al alumno de la máxima autonomía, no solo porque con el auge de la tecnología digital hay menos productos «analógicos» —carretes, reveladores, papeles y cámaras—, sino también para despertarlo de la pereza inducida por los programas informáticos de tratamiento de imágenes.

El otro De Santos es el fotógrafo de paisajes naturales y (ocasionalmente) urbanos, deslumbrantes en la serenidad que transmiten. Son imágenes casi siempre en blanco y negro tomadas con cámara de formato medio —una Mamiya o una Hasselblad—, reveladas siguiendo unos cálculos matemáticos rigurosos para obtener un negativo perfecto que en el laboratorio copiará sobre papel de alta calidad o pasará por el escáner para una impresión digital. El destino de esas fotos será la exposición o un libro.

Los paisajes nevados de la Espluga de Francolí, la montaña de las Bárdenas Reales, el puerto de Barcelona o de Menorca, la cuenca minera onubense de Riotinto, la costa cantábrica, el Algarve portugués, la costa de Zumaya, en Navarra, el detalle de rocas, corrientes de agua, estructuras arquitectónicas. No son imágenes denotativas ni obvias, aunque reconozcamos la geografía, sino espacios donde el fotógrafo acota una esencia. Por eso, más que de una montaña o de las formas dibujadas por la erosión, cabría hablar de «signos». Estas imágenes no son ilustraciones de un paisaje, no son instantáneas triviales de una geografía espectacular ni pretextos para una exhibición técnica sino retazos de tiempo. La composición, la luz, el ambiente, recuerdan el esencialismo del arte japonés realzado por la fuerza de la tradición mediterránea.

Enric de Santos suele decir que fotografía imágenes que le «llaman» y que ponen al espectador en la posición de ver de una manera diferente. Su efecto sobre el espectador recuerda la definición que Roland Barthes dio del término satori, es decir, una revelación, un acontecimiento zen que el semiólogo describía como un movimiento más o menos intenso pero carente de solemnidad que hace vacilar el conocimiento: se produce entonces un vacío de la palabra. A diferencia del De Santos profesor de fotografía que explica con palabras cómo obtener imágenes a través de una alquimia de tiempo y de productos y objetos tangibles, el Enric de Santos fotógrafo revela el lugar donde la palabra desaparece: no hay discurso, sino la naturaleza presente y con sentido. Mientras el conocimiento técnico se «contagia» con la pasión del docente, la experiencia fotográfica se revela como un acontecimiento que se impone serenamente.

Por María José Furrió

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